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COLUMNAS DE OPINIÓN | ACTUALIDAD

29 de junio de 2021

¿Las ideas nos condenan? By Elena Valero Narváez

La razón principal de que Argentina vaya de fracaso en fracaso, son las ideas fuerza que nos llevaron a la postración social, cultural, y económica, ideas nacionalistas y socialistas, monopolizadas por escuelas y universidades, e implementadas por diferentes gobiernos, los cuales, nos agobiaron con sus preocupantes resultados...

 Casi todos creyeron en la soberanía de la Nación en vez de creer en la soberanía del individuo capaz de decidir por su cuenta el propio destino.

Basta inspeccionar el período que va, desde 1853 a 1914, para poder asegurar que la libertad trae progreso y civilización. Si bien, en esa etapa, faltó la libertad para sufragar -Argentina fue una república de notables- la libertad, en general, fue un principio respetado. Por ello, el progreso material y la educación les permitió, a los hijos de inmigrantes, participar, más adelante, en la lucha política, luego de que surgiera de los mismos conservadores, la llamada Ley Sáenz Peña de 1912. En adelante, fue posible aventurar, que la libertad política y económica, nos haría continuar hacia un futuro semejante, a los países más avanzados del mundo. Estados Unidos mostraba, como lo había hecho a Alexis de Tocqueville y a Domingo F. Sarmiento, quienes viajaron por ese país, que a más libertad civil, y menos reglamentaciones estatales, correspondía más progreso, en todas las áreas, e igualdad de oportunidades, aquella, que surge del respeto por la ley.

La idea de que podemos vivir aislados, sin depender productivamente de otros países, la adoptamos luego de 1943, sin entender, que desvincularse de todo lazo y sujeción exterior, trae desfavorables consecuencias. Vivimos, bajo la dependencia de leyes y obligaciones exteriores, que sujetan el ejercicio de nuestra libertad, como lo hace la división de poderes en una democracia. En política y en moral, no podemos hacer todo lo que deseamos, no existe libertad sin dependencia, lo cual, impone límites lógicos, por ello mismo, se crearon organizaciones de alcance mundial, para suavizar los conflictos entre naciones. Es una utopía peligrosa creer, que los países no dependen unos de otros, como los seres humanos, dependemos de las interrelaciones con el Mundo para subsistir y mejorar. Tenemos lazos, obligaciones externas, que debemos cumplir, so pena, de que se nos pierda la confianza.

Pensar que podemos actuar sin límites, nos ha llevado, a no respetar contratos, a pasar por encima de las leyes que impone la diplomacia, a enfrentarnos con instituciones internacionales sin, ni siquiera, intentar un dialogo fructífero. Como se trató la pandemia es un ejemplo: los funcionarios del gobierno tenían la experiencia de otros países que estaban más adelantados, actuaron con soberbia. No se utilizó la persuasión racional sino la manipulativa; por medio del terror nos quedamos meses sin trabajar, sin salir, sin ver a nuestros seres queridos. He aquí las funestas consecuencias: no las sufren quienes se equivocaron, sino la gente que no pudo acceder al privilegio que los funcionarios se asignaron, ser los primeros en vacunarse. Hoy, estamos penando por entrar dentro de la política de donación de vacunas, porque se negoció mal, privilegiando la ideología a la salud. Se olvidó el precepto moral kantiano, de que debemos tratar a los otros seres humanos, como fines en sí mismos y, nunca, como medios de llegar a un fin.

El Gobierno no utilizó tampoco, como corresponde, a la Constitución, al Congreso, y a los voceros de los partidos, instituciones que estimulan la consulta, la negociación, y la búsqueda de soluciones mutuamente beneficiosas, que aumentan las posibilidades de resolver los conflictos, pacíficamente. En cambio, exacerbó antagonismos que crearon fisuras perdurables y afectan la vida política del país.

Cristina Fernández, quien lleva la batuta, no se caracteriza por la moderación, ni por la conciliación. La personalidad de la vice, no es negociadora, diría que es agitadora, se alimenta del conflicto. Sus problemas interiores, desatan vendavales que oscurecen la luz de la razón. Es así como se ha enfrentado al campo, cuando fue presidente, con pasión desbordada, sin ánimo de resolver el problema, sino buscando sumisión. Actualmente, el pasado parece repetirse.

Todo sistema político, ha tenido, en algunos sentidos, un pasado único, no somos la excepción: la herencia del pasado ha tenido mucho que ver con el presente y no sería raro que todavía influenciara el futuro. De ello tenemos que librarnos, aunque lo dificulte nuestra cultura política: no nos caracteriza la moderación y la conciliación, no dominan en nuestra sociedad, valores que acentúan la conveniencia de lograr acuerdos amplios, de procurar la negociación y la transacción, ante los conflictos que nos preocupan.

La criticable “teoría de la dependencia”, por la cual América Latina creyó que el mundo quería explotarnos, les ha servido a gobiernos anteriores para endilgarles el propio fracaso a los llamados países ricos; como dijo el gran escritor, Jorge Luis Borges, “uno está apegado a esos ayeres olvidados”. Es así, por lo que, actualmente, se persiste en el mismo, irreflexivo, y repetido discurso. El gobierno kirchnerista, opera, en consonancia con esa mentira, como si fuera realidad, como todo gobierno populista, sostiene grandes fines, como la igualdad, la salud, la felicidad, para justificar siniestros medios antidemocráticos: justificaron el aumento de la pobreza, que resultó de cerrar arbitrariamente la economía, con la preservación de la salud, utilizando formas deshonestas de comunicación, con la intensión de no transmitir verídica información.

Los medianamente optimistas, creemos, que es razonable esperar, un cambio de gobierno que aumente las condiciones, para actuar con más sensatez y mejorar el funcionamiento de la democracia. Existe, un amplio sector apolítico, que no se preocupa por informarse, ni por participar, activamente, en los asuntos públicos. Son, relativamente indiferentes a la política. A ese sector, la oposición debería movilizar como también, al de los descuidados, que no tienen voceros , que están representados deficientemente, como por ejemplo, los jubilados, asegurándoles que podrán obtener una buena recompensa, si ayudan a modificar el resultado en las elecciones. Tendrían que persuadir al electorado para que vote por candidatos que protejan los intereses de todos los ciudadanos, que respeten y hagan respetar la justicia, y sean sostén de la libertad, de la vida y de la búsqueda de la felicidad de todos, única manera de crear las condiciones para un futuro mejor.

En política exterior, el país necesita un liderazgo que se ajuste a las expectativas de Occidente, en cuanto al sistema político, que vaya detrás de ganar prestigio internacional, mejorando la economía y la vida democrática. Debe acercarse, otra vez, al primer mundo, no por medio de la confrontación, sino por medio de la comunión con sus valores, que son los nuestros, adaptarse al orden internacional y a los objetivos comunes de las grandes potencias.

Cristina Kirchner ha preferido, siempre, las satisfacciones emocionales al bien de la Nación, exponiéndonos a riesgos y costos internacionales y al deterioro de nuestra imagen. Cínicamente, dispone que los funcionarios aumenten las expectativas sobre el futuro con promesas incumplibles, para conseguir votos, luego de las elecciones, serán desmentidas por los hechos. Ha preferido la seducción autoritaria, espantando, una vez más, a los inversores, alejando los acuerdos con el FMI y otros organismos de préstamo, impulsando a la Argentina al fracaso, en nombre, de una supuesta dignidad y soberanía nacional. El canciller argentino Felipe Solá muestra, claramente, el perfil del actual gobierno.

Tenemos que aprender, a elegir candidatos, en función de objetivos y propuestas de gobierno, en vez de hacerlo, por la relación emocional que une al jefe de partido. Si Argentina tiene, alguna chance de cambio, no es otra que con políticas que ayuden a atraer inversiones, faciliten las relaciones con los bancos y organismos financieros internacionales y dejen de generar continuos costos y riesgos a los argentinos, que maximicen los beneficios y bajen las tasas del riesgo país. Una política económica aperturista, desregulatoria, de privatizaciones, y reformas estructurales.

Merecemos mejores representantes, se debería castigar, con el voto, a quienes aceptaron leyes que aumentaron la miseria y la mortalidad. No es competente, el legislador, que no estudia proyectos que produjeron, en el pasado, significativos desastres.

Las transformaciones, en democracia, necesitan de negociaciones y acuerdos entre partidos, grupos y personas, el poder está repartido. Esto ayuda a que se cumplan las leyes y evitan la violencia propia de las revoluciones. El futuro, está abierto de par en par, es obligación de los candidatos ver qué se puede hacer para mejorar. Depende de ellos y de los argentinos, de cómo percibimos la realidad que nos rodea. Así es la vida, pero, la memoria, la experiencia y la razón, son herramientas que pueden ayudarnos a resolver problemas, si sabemos utilizarlas.

Hay mucha gente angustiada por la situación política y económica actual, se siente en un túnel sin saber que se encontrara a la salida. Por ello, se pregunta, ante las alternativas electorales que se están manejando, si se debe respaldar a un candidato de un tercer partido, a riesgo de provocar la elección del peor de los candidatos de los dos principales. Es difícil tomar decisiones, racionales, en situaciones inciertas como las que se aproximan. Una sociedad, que por años no ha conocido más que gobiernos populistas, es raro que cambie de la noche a la mañana. Pero, si nos sentimos perdidos, podemos influir, exigiendo algo de lo que estamos seguros y es lo más razonable: que se cumpla la Constitución, allí está el rumbo.

Elena Valero Narváez

Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia

Miembro del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias. Morales y Políticas

Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas)

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