27 de noviembre de 2016

Una de cada tres personas sufrirá cáncer. Juegue bien sus cartas para no ser una de ellas

“Con mi abuelo materno tenía una relación especial. Nos podíamos pasar horas y horas juntos en el taller de su casa en el campo. Era el director técnico de una importante fábrica de cerveza y tenía un ingenio fuera de lo común...

 Gracias a una antena muy alta y encaramada al invernadero, había podido instalar la primera televisión de la región en su casa de campo, adonde me encantaba ir. Me gustaba especialmente que en el jardín nos hubiera instalado un inmenso columpio hecho a partir de un coche antiguo. 

Hasta que un día me enteré de que estaba muy enfermo y, cuando le volví a ver, había adelgazado muchísimo y le costaba incluso asomarse a la escalera. Murió en julio de 1957, cuando yo tenía 6 años. Mi madre me dijo que tenía cáncer de riñón. 

Más de diez años después, su hermana, la tía Nini, tuvo un cáncer de mama. Cuando mi tía vino a visitarnos se levantó la blusa para mostrarme su cicatriz y mi madre me reveló que todos los hermanos de mi abuelo habían muerto de cáncer. 

A mi madre también le había golpeado un primer cáncer de mama en la década de 1970, que superó. Pasados más de diez años padeció otro cáncer de mama. Años más tarde, se le anunciaron varias metástasis, una de ellas en el cerebro, que le provocó estrabismo. Presentía que el futuro de mi madre estaba en peligro. Murió en el centro de cuidados paliativos donde estuvo ingresada, con un libro abierto entre las manos. 

Mi padre, que era dermatólogo, superó muy bien un cáncer de piel, pero unos años más tarde se le descubrió uno de estómago ya en estado bastante avanzado. A pesar del tratamiento, se le generalizó en carcinosis peritoneal (metástasis en el envoltorio que rodea los intestinos). No quería morir en el hospital, sino en la tranquilidad de su casa. La última noche que le vi, le ayudé a ir al baño. Perdía sangre y murió de una hemorragia mientras dormía. La víspera seguía practicando gimnasia al borde de la cama. 

A mi hermano le habían descubierto un cáncer del que parecía haberse curado bien. Murió a los 54 años. 

Como ve, el cáncer ha ocupado una parte importante de mi vida. Por eso al principio traté de comprender y luego identificar todos los medios prácticos para escapar a lo que parecía una fatalidad
”. 

Este testimonio, desgarrador, es del Dr. Jean-Paul Curtay. 

El niño que vio morir a su abuelo de cáncer, la misma enfermedad que también le arrebató a sus padres, es hoy un médico mundialmente reconocido. 

El cáncer, como en su caso, parece a veces cosa de familia, y es que la herencia genética sin duda influye. Y, sin embargo, el Dr. Curtay, que empezó la partida con unas cartas tan malas, tiene algo importantísimo que decir al respecto: 

Hay que enfrentarse cara a cara con la verdad y comprender cómo el entorno es la verdadera fuente de esta explosión de la enfermedad; el entorno afecta mucho más que la herencia genética”. 

¿A qué se refiere el Dr. Curtay cuando habla del “entorno”? Habla de los cambios drásticos que se han producido en la agricultura, la ganadería y nuestra alimentación en general en las últimas décadas, que nos han inundado de alimentos llenos de azúcares rápidos, grasas saturadas y trans, sal y aditivos ocultos. También habla del sedentarismo, de los contaminantes y alteradores endocrinos que nos llegan desde todos los frentes (atmósfera, agua, plásticos, cosméticos, medicamentos…) y del alejamiento de la naturaleza, todo ello condimentado con grandes dosis de estrés. 

Y cuando el Dr. Curtay habla de “explosión” de la enfermedad, es importante saber que, por mucho que en el cáncer parezca que se producen innumerables avances, y por mucho que se traten mejor y sean menos mortales, hay una realidad que no se puede ocultar: la frecuencia del cáncer ha aumentado en más del 40% durante estos últimos 25 años. Y tampoco hay que dejarse engañar cuando se argumenta que la razón es la mayor esperanza de vida (es decir, que el aumento del cáncer está ligado al envejecimiento de la población), pues esta explicación no se sostiene. El hecho de que los diagnósticos y las muertes por cáncer infantil no dejen de aumentar lo desmiente categóricamente. 
 

¿Qué es exactamente el cáncer?

En un primer momento, el cáncer no es más que una simple célula que se topa con un fallo en la copia de sus genes en el momento de dividirse. Cada vez que el ADN de una célula se copia para fabricar otra célula, estos errores se van acumulando. Algunos de los errores no tienen consecuencias y otros tienen consecuencias benignas. Pero otros van a permitir que se inicie una célula cancerosa. 

Sufrimos entre medio y un millón de lesiones genéticas en las células todos los días, por lo que este fenómeno no sería gran cosa para los casi 100 billones de células de nuestro cuerpo. Cuando todo va bien, estas lesiones se reabsorben rápidamente gracias a unos sistemas de reparación del ADN. El problema es que estos sistemas se van estropeando y estas lesiones se convierten en mutaciones e implican riesgos de proliferación no controlada. 

Y eso en definitiva es el cáncer: el clon de una sola célula (raramente de varias) con los mecanismos de regulación alterados, que se va a multiplicar y diferenciar hasta el punto de convertirse en otro organismo, una especie de “alien” que parasita a la persona que lo sufre, hasta que logra que muera. 

¿Por qué el cuerpo, llegado ese momento, no puede dar respuesta a este invasor? ¿Qué es lo que ha hecho que los sistemas de reparación se estropeen? Ahí volvemos al quid de la cuestión del que hablaba el Dr. Curtay al principio: la contaminación, las carencias alimentarias, las inflamaciones crónicas en el organismo… 

Visto lo visto, usted podría pensar que, con ese planteamiento, es utópico creer que puede hacer algo frente al riesgo de cáncer, pues tendría poco menos que irse a vivir a un bosque para alejarse de la contaminación, comer las verduras que cultive en su huerto y los animales que críe usted mismo… 

Nada más lejos de la realidad. El mensaje positivo de esta historia es que frente a la herencia genética, ante la que usted poco puede hacer, existen multitud de pequeños gestos y hábitos que le van a permitir realmente evitar los desencadenantes que favorecen la aparición del cáncer y, además, a ayudar a que su cuerpo destruya con sus propias defensas las células cancerosas. 

Por ejemplo, el Dr. Curtay recomienda lo siguiente: 
 

  • No utilice cremas y aceites solares que no sean ecológicos. La razón es que contienen unos alteradores endocrinos que aumentan los riesgos de padecer cáncer. 
     
  • Limite al máximo la realización de radiografías, mamografías, escáner… (¿Sabía que un escáner de cabeza equivale a 100 radiografías de tórax, uno de abdomen a 500 y uno de pecho a 750, según la Agencia Internacional de Energía Atómica? Y lo peor es que el 30% de estas pruebas no aportan información relevante y muchas se podrían evitar, según los propios médicos, que aseguran sentirse presionados por los pacientes para realizarlas).
     
  • Cuente con un nivel adecuado y en el correcto equilibrio de nutrientes protectores (vitamina D, magnesio, zinc, vitaminas B9, B12, C y E, licopeno, polifenoles, fucoidanos…). 
     
  • Asegúrese de que su casa y su lugar de trabajo están suficientemente aireados. Hoy en día los espacios están considerablemente contaminados, y muchos de estos contaminantes son carcinógenos. Evite los habitáculos nuevos o recién pintados (tanto casas o centros de trabajo como coches), pues desprenden gran cantidad de compuestos químicos volátiles. 
    Esto es una pequeña pincelada de algunas cosas que cualquier persona –usted, por ejemplo– puede hacer para prevenir el cáncer, una enfermedad que, según las estadísticas, van a sufrir una de cada tres personas en nuestro país en algún momento a lo largo de su vida. Tenga cuidado con los medicamentos, pues no hay que olvidar que son xenobióticos (moléculas ajenas) que se comportan como contaminantes. El paracetamol, por ejemplo, es un analgésico eficaz, pero hace caer en picado el desintoxicante principal del hígado, el glutatión. Por eso, además de no ingerirlo a la ligera, cuando vaya a tomarlo es importante tomar también un poco de vitamina C y de N-acetilcisteína. 
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