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29 de agosto de 2015

Pensar en otra dimensión

Las inundaciones se han convertido en una de esas tribulaciones de los argentinos que, por su recurrencia, generan una amarga imagen de inmovilismo. Todo se hace más patético en tiempos electorales, donde la chicana efectista sustituye la autocrítica, la argumentación seria y la elaboración de propuestas superadoras.

Dejemos de lado el mal paso del jefe de gabinete y candidato a gobernador, Aníbal Fernández, quien se había pialado al hacer suya la idea de que la siembra directa tenía responsabilidad en las inundaciones. Lo dijo apenas una semana después del congreso de Aapresid, donde la vanguardia del sector se había juramentado salir a comunicarle a la sociedad qué es y cómo se producen los alimentos, para beneficio de la economía y la sociedad.

 

Los dirigentes le saltaron a la yugular. Horas después los recibía en su despacho, se sacaba una foto con ellos y la difundía diciendo que era un fanático de la siembra directa… El primer chico, en el truco de la comunicación, en casa. Todos los medios reprodujeron la historia. La siembra directa dejó de estar en el banquillo de los acusados del imaginario colectivo.

 

Supongamos, por un instante, que la siembra directa permite almacenar más agua en el suelo y eso podría limitar la infiltración de precipitaciones copiosas. No sólo se agravaría el problema de las inundaciones, por escurrimiento superficial, sino que perderíamos millones de toneladas por falta de agua en el perfil. Es tiempo de pensar en grande, porque el problema es grande y va a ser peor. Vamos a tener que manejar el excedente.

 

Por supuesto que el campo tiene hoy otras urgencias, que no dependen ni de la naturaleza ni de la infraestructura, sino de la política. El cóctel de tipo de cambio atrasado, más retenciones y restricciones a la exportación, no da para más y todos (suponemos que incluso Scioli) saben que algo hay que hacer. Pero también hay que pensar en un plan serio para ordenar el territorio, construir y reconstruir la infraestructura (también la vial), y prepararse para lo que viene.

 

Porque así como es ridículo asignarle responsabilidad a la directa, también lo es eludir la cuestión de fondo, que es la sucesión de eventos climáticos extremos. Esto ya es tendencia. El cambio climático es indiscutible.

 

Y aunque no lo fuera, la sucesión de inundaciones en los últimos 40 años obliga, definitivamente, a tomar el toro por las astas. Esto significa dejar de lado la estrategia defensiva y pasar al ataque. Lo que está en juego no es solamente la vida y bienes de los habitantes de las zonas afectadas, que son cada vez más. También lo está una cuestión fundamental: aprovechar a pleno el flujo tecnológico actual y el que viene. Para ello, es necesaria una visión mucho más ambiciosa. Y de índole nacional. No todo se resume a la cuenca del Salado, aunque es allí donde mayor será el lucro cesante si no se piensa en grande.

 

Cuando se proyectó el plan maestro de la cuenca del Salado, veinte años atrás, la revolución tecnológica recién empezaba. El plan no contemplaba convertir tierras de baja aptitud ganadera, en agrícolas. La propuesta era plausible, pero modesta. En los 80, alguien habló de “polderizar” esa cuenca y fue tildado de loco, o sospechado de algún interés espurio. Hoy no parece tan loco. Holanda produce tulipanes y toda clase de productos hortícolas por debajo del nivel del mar. Los famosos molinos generan desde hace décadas la energía para sacar el agua hacia el mar del Norte.

 

Todo Indiana, uno de los estados fundamentales del Corn Belt, está drenado desde hace un siglo. California es una construcción del hombre, donde el Valle de San Joaquín es recorrido por miles de kilómetros de canales pavimentados. Es hoy el corazón de la lechería mundial.

 

Chicago invirtió un río, con esclusas, para evitar que la basura de la ciudad llegue al lago Michigan. Hoy drena ordenadamente hacia un sitio de clasificación y tratamiento. En Australia desviaron otro río para regar algodón. Panamá está terminando de construir la ampliación de su estratégico canal. Trabajo para 70.000 hombres que cavaron y hormigonaron los 70 km que unen el Atlántico con el Pacífico, atravesando la montaña de granito. Con un costo de 5.000 millones de dólares. Es la mitad de lo que paga anualmente el campo sólo por retenciones.

 

Nada es fácil. Muchas cuencas están salinizadas, lo que es un problema adicional. Pero la pampa húmeda es muy valiosa. Y puede serlo mucho más.

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