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21 de noviembre de 2018

Submarino Ara San Juan por Roberto Fernández Blanco

Permítame el consternado pueblo argentino un sintético repaso y reflexión sobre el tema del submarino ARA SAN JUAN...

Sucedida la tragedia del hundimiento se conocieron algunos detalles de la reparación de media vida realizada hace más de cinco o seis años. Entonces había una firme advertencia y recomendación de Alemania de “no reparar las baterías sino de reemplazarlas por baterías nuevas”.

En nuestro país es lamentablemente común aceptar reparaciones sin las debidas verificaciones técnicas que garanticen la debida integridad.

Se sabe que el submarino comunicó que había una falla en el sistema de ventilación que permitía airear la atmósfera del submarino en particular la zona de la cabina de las baterías y que, como consecuencia, se había producido una entrada de agua a la sala de baterías.

Esa entrada de agua salada produjo cortos circuitos en bornes de baterías.

La liberación de hidrógeno crea atmósferas altamente explosivas, tal que si les fue imposible frenar el ingreso de agua y poder airear las áreas, la explosión de la atmósfera de hidrógeno era casi inevitable. La cantidad de milijoules necesarios para provocar la ignición de la mezcla explosiva de Hidrógeno es bajísima y equivalente a la chispita que produce la caída de una moneda de hierro desde una altura de pocos milímetros.

La detección de la explosión fue confirmada por organismos internacionales y esa explosión (que es hacia afuera) debe haber generado el estallido en la cápsula y provocado la apertura de un boquete haciendo ceder partes mecánicas, quizás sobre el defectuoso sistema de aireación y/o sobre alguna otra compuerta de acceso al submarino o de descarga de torpedos.

La explosión pudo haber provocado la muerte de varios de los tripulantes.

A partir de ahí, el submarino se empezó a llenar de agua y obviamente a hundirse.

El concepto de implosión es muy poco probable porque hubiera deformado el casco hacia adentro de manera significativa, quedando como “chupado”, cosa que puede verse en YouTube mirando ejemplos de implosiones, en particular una donde se muestra la implosión de un vagón tanque cilíndrico de ferrocarril. Además notarán que el ruido que provoca una implosión no es equivalente al de una explosión sino al de un golpe de achatamiento fuerte y esto en caso de no producirse rajaduras en la estructura que lo frenen.

Ahora el submarino descansa en el fondo del mar a casi mil metros de profundidad.

Una altura de agua de 10 metros produce una presión de 1 bar (o en antiguas unidades, de 1 kg/cm2), por lo que 1000 metros de profundidad equivalen a una presión de 100 bar con lo cual los cuerpos de los tripulante estarán totalmente aplastados incluidos -por estar con sus uniformes- sus esqueletos, casi diría laminados y -por añadidura- sufriendo la inevitable descomposición más el posible ataque de peces.

Eran hombres de mar y por lo tanto sus restos no deben descansar bajo tierra sino en el lugar que ellos eligieron para ejercer su vocación, esto es, allí donde están, en el mar argentino.

Tratar de reflotar los restos del submarino es un absurdo delirante, imposible e innecesario. El único objetivo podría ser el querer determinar donde quedó radicada la falla mecánica que debió haber sido oportunamente detectada por una debida verificación antes de aprobarse y aceptarse la reparación de media vida del submarino, cosa que con la explosión y el deterioro de la estructura en el fondo del mar va a ser también una misión imposible.

El pueblo se vería cargado con un gasto delirante para tratar luego de encontrar al responsable de la falla mecánica y del incorrecto o incompleto protocolo de recepción del submarino reparado.

Opino que nuestros marinos murieron cumpliendo con su misión, conocedores de sus riesgos y decididos a enfrentarlos. Nosotros, el pueblo argentino, debemos rendirles los honores correspondientes dejándolos descansar en paz. No bastardemos sus sacrificios para lucrar ni políticamente ni económicamente.

Roberto Fernández Blanco

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