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13 de mayo de 2018

Antártida: crónica de un sueño cumplido

El Dr. Alberto Cormillot es un médico argentino especializado en nutrición y obesidad, además es educador para la salud, escritor, conferencista y comunicador social, egresado de la Universidad de Buenos Aires en el año 1961, quien recientemente fue nominado para el Premio Martín Fierro al mejor columnista médico.

Visitó la Base Marambio de la Antártida Argentina y fue trasladado en helicóptero a las Bases Esperanza y Petrel, aportando sus valiosos conocimientos en un lugar poco común por sus características y abastecimiento para la nutrición.

"América, Europa, Asia, Oceanía, África… y Antártida. A pesar de que en las clases de geografía de la primaria nos enseñaron que existen cinco continentes, en realidad son seis.

De hecho la Antártida es el cuarto continente del mundo en cuestión de tamaño, detrás de Asia, América y África.

Conocerlo era algo pendiente desde mi infancia, cuando sentía curiosidad por esa inmensa formación blanca y lejana cada vez que miraba el mapa.

El tiempo fue pasando y esta experiencia quedó archivada entre mis deseos hasta que tuve una charla sobre el tema con mi compañera Natalia López, quien cuando era chica vivió dos años en la Base Esperanza -la única donde viven familias durante un año- y despertó mi pasión adormecida.

Ahí empezó mi viaje

El entusiasmo me llevó a investigar cómo hacerlo realidad y María Isabel Sánchez, mi compañera en "Cada mañana", me sugirió dirigirme a la Fuerza Aérea.

Me comuniqué con el Comodoro César GRANDO, del Edificio Cóndor, le conté que quería colaborar con el tema de la alimentación y darle visibilidad a la Antártida, a la vida y al esfuerzo de quienes desempeñan sus tareas allí, y así comenzó la experiencia que se convirtió en el mejor viaje de mi vida.

El viaje

Partí desde la I Brigada Aérea de El Palomar en un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina, para hacer la primera escala en la Base Militar Río Gallegos de la provincia de Santa Cruz.

Todos nos atendieron muy bien, entre ellos el Vicecomodoro CAROL LUGONES y el Doctor Jorge JULIÁN, quien nos dió recomendaciones para cuidarnos del extremo frío.

Desde allí partimos en un Hércules con personal de la Fuerza Aérea, funcionarios del Ministerio del Interior, gente de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) que viajó para instalar un gimnasio en Base Marambio, el General PÉREZ AQUINO, autoridades de educación de Tierra del Fuego que viajaban a Base Esperanza donde unos 15 niños cursan la primaria… y yo.

Los asientos del Hércules son tal cual se ven en las fotografías: tela y respaldo de red.

El aterrizaje fue de una suavidad increíble; algo sin dudas posible gracias a la enorme pericia del piloto y la tripulación.

La Antártida no es sólo un "bloque de hielo gigante". Es tal la importancia de esta región, que doce países firmaron el Tratado Antártico y treinta y ocho más se han sumado desde el año 1959.

Gracias al acuerdo es un espacio libre de los efectos nocivos de la mano del ser humano, allí se respira el aire más limpio y se contempla el cielo más azul que jamás haya imaginado.

La población

En sus 7 bases transitorias, habitan personas en forma temporal durante la Campaña Antártica de Verano (CAV) y en las 6 bases una población anual que no llega a 200 personas.

La mayoría de las dotaciones llegan durante las Campañas de Verano y algunos grupos permanecen hasta finalizar el trabajo programado.

A la dotación permanente de la Base Esperanza, se suman diez familias del personal destacado en la misma.

Los niños cumplen programas a distancia y concurren a la Escuela Provincia Nº 38 dependiente de la Provincia de Tierra del Fuego, que está atendida por un matrimonio de docentes.

En verano, los buques llegan para renovar su personal, reabastecer a las bases con alimentos, combustible y equipos y trasladar a los científicos que desarrollarán sus proyectos de investigación.

La cooperación

Distintas comisiones realizan tareas comunes, además de las específicas de cada uno; por ejemplo: barrer, colaborar en la cocina, mantener activos los motores que dan energía eléctrica a la base y buscar el hielo que luego se filtra para hacerlo potable para el consumo.

En lo personal, compartí la habitación y los baños y tuve la posibilidad de conocer una vida completamente distinta como la que se lleva en las dotaciones.

A la hora de las tareas individuales no se salva nadie. Lo único que me costó fue hacer mi cama, algo que no hacía desde el Liceo, en 1954.

La alimentación y la salud de la dotación

Desde la firma del Tratado el continente es considerado una reserva natural, por lo que la población de las bases ha dejado de alimentarse de la fauna local y su dieta depende de los alimentos que llevan desde sus países de origen en buques y aviones para luego ser conservados.

Los alimentos disponibles incluyen: carnes blancas y rojas, legumbres, verduras enlatadas y frescas (papas, cebollas); lácteos y fiambres.

Los alimentos se conservan en galpones al exterior, a resguardo de las aves.

La imposibilidad de contar con cultivos hace que sea bajo el consumo de frutas y hortalizas frescas, por lo que la dieta incluye un alto porcentaje de comida enlatada que, al ser rica en sodio, favorece el desarrollo de hipertensión especialmente en la dotación permanente.

Para revertir esta situación, se está considerando el uso de hidroponía, un método de cultivo que en lugar de tierra utiliza soluciones acuosas nutridas químicamente.

A pesar de esto, los platos son muy variados. Yo degusté guiso de lentejas y de pescado, pastas con estofado, churrasco, milanesa con puré… Todo delicioso, al igual que los postres.

Debido a las condiciones climáticas extremas y al estilo de vida del lugar, se consume un promedio de 3500 calorías por día que se gastan en el uso de la ropa pesada, las caminatas para ir a los distintos sectores, el trabajo físico y la exposición al frío en varios momentos de la jornada.

La distribución suele consistir en un desayuno fuerte antes de salir a trabajar, alimentos ligeros y bebida caliente en el terreno y una cena abundante al regresar.

Contrariamente a lo que se puede pensar, la gente acá no engorda.

La doctora de la Base, Sonia González, -que incluso hace a veces de terapeuta- los pesa y los mide todos los meses.

El entretenimiento

Los viernes hay pub de música y algunos bailan. Aunque hay solo 12 mujeres, dan clases de bachata.

La diversión pasa por Internet, juegos y reuniones sociales.

Las bases están equipadas con cartas para torneos de truco, juegos de mesa, Playstation, ping pong, pool y metegol.

En resumen

¡El viaje más lindo de mi vida!

Llegué cerca del Polo.

Viví 17 y 20 grados bajo cero de térmica.

Vi los paisajes más increíbles de la Tierra y pisé lugares a los que nadie llega.

Hice lo que Fred Astaire nunca pudo: bailé y grabé La Cumparsita en tango y tap en las pasarelas y en la nieve.

Logré que la base tomara como natural que anduviera preguntando a las escasas mujeres si sabían bailar tango mientras les ponía un sombrero para la ocasión.

Volé en el Hércules y en dos helicópteros.

Además de la Base Marambio visité las Bases Esperanzas y Petrel.

Hablé con militares de distinto rango, con aviadores, helicopteristas, cocineros, gestionadores de energía, rescatistas, meteorólogos, glaciólogos, especialistas en pingüinos, biólogos marinos, estudiosos del cambio climático, paleontólogos, maestros, historiadores, el Viceministro del Interior y allegados muy cercanos a la cúpula de gobierno.

Volví a mi época del Liceo: cuchetas, dormitorio y baño compartido, hacerme la cama, limpiar mi vajilla, ir algunos días a la cola a buscar la comida.

Me hicieron el Bautismo Antártico y también hice guerra de nieve que nunca había hecho.

Conversé mucho con la médica y el enfermero de Marambio y también con la médica de Petrel.

Disfruté de Wi-Fi y 4G mientras me contaban historias de cuando no había forma de comunicarse.

Brindé una charla, expliqué el Pasaporte (literatura con que se manejan los Grupos de ALCO, Dieta Club y la Clínica) y tuve que consolarlos cuando vieron que el Fernet está en la punta de las bebidas con alcohol que más calorías aporta.

Me procuré dulce de leche y queso (a veces a escondidas).

Dejé una valija con literatura de la Red y otra con alfajores.

Pregunté todo: cómo manejan el tema de las familias, el extrañar el sexo, las depresiones del invierno.

Tomé clase de bachata y di clase de tango.

Mandé mensajes a incontables familiares de la dotación...

Más, no puedo pedir.

¡Gracias!

Ahora sí puedo decir que conocí el “fin del mundo”…

¡O su verdadero comienzo!

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