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13 de abril de 2017

Señales para identificar si es momento de ir al psicólogo

Somos complicados los seres humanos. Estamos poblados de contradicciones, habitados por ellas. A nadie le gusta sufrir, pero el sufrimiento es parte natural de nuestra existencia. El punto es cómo lo procesamos, qué hacemos con él.
Un espacio terapéutico no siempre es imprescindible, pero hay etapas en las que puede ser necesario.

El pedir ayuda psicológica es uno de los tantos recursos de los que disponemos, sin embargo la gente tiene frente a esta posibilidad, a menudo, una posición ambivalente. Después de 30 años de profesión puedo decir que la psicología no es una cuestión de fe.

Es curiosa la relación que tenemos en nuestro país con aquellas cuestiones ligadas a la psicología y a las distintas formas de la psicoterapia. Somos, por un lado, el país del mundo con mayor cantidad de profesionales en el área “psi” per cápita. En Argentina hay más de 80 mil psicólogos, es decir, casi 200 profesionales de la salud mental por cada 100 mil habitantes, mientras que en Ciudad de Buenos Aires hay 35 mil psicólogos y es aquí donde se concentra el 42 por ciento de la población total de estos profesionales en el país, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En segundo lugar está Finlandia, con casi 57 profesionales por cada 100 mil. A nivel regional, el segundo puesto lo ocupa Colombia, con 11 profesionales por la misma cantidad de habitantes.

Todos los argentinos somos un poco técnicos de fútbol, un poco psicólogos. Sabemos, opinamos, decimos, tenemos una gran cultura “psi”. En las revistas de autoayuda nos encontramos con mágicas soluciones para resolver cuestiones esenciales de nuestra personalidad y el malestar diario que nos atraviesa. Pero, al mismo tiempo, a la hora de poner el cuerpo y sentarse en un consultorio a hablar de uno, las cosas son diferentes.

Recuerdo un hombre de unos 70 años que llegó hace más de una década a un consultorio en el que yo trabajaba dentro de una institución, con cara visiblemente ofuscada, y golpeando la mesa.

—Le quiero aclarar, doctor, que yo no creo en nada que empiece con psi — dice.

No intenté siquiera explicarle que no era doctor, no era momento para sutilezas.

—Yo estoy acá —continúa— porque me manda mi cardiólogo y mi esposa, así que lo que sea que tenga que hacer hágalo rápido.

Dicho esto, el hombre -al que llamaremos Raúl- empieza a contarme su padecer. Lo incluyo en un grupo terapéutico al que concurre durante un año y medio aproximadamente, y recuerdo con mucha ternura el día en que anuncio el alta de Raúl en el grupo porque había cumplido su objetivo, había resuelto aquello por lo que había venido. Rompe en llanto y emocionado dice lo mucho que le va a costar dejar ese espacio. Después de darle un abrazo -conmovido yo también-, le pregunto con alegría y risueñamente si éste era el mismo hombre que había golpeado el escritorio un año y medio atrás.

Esto pasa muchas veces con los procesos terapéuticos. Asusta, sobre todo para aquellos que nunca han atravesado un espacio de este tipo, enfrentarse y encontrarse con el propio ser. Hacer terapia es un encuentro, no con el terapeuta, no con el psicólogo, sino con uno, y no estamos acostumbrados a darnos cita con nosotros mismos. Encontrarnos con nuestras emociones, con nuestro sentir, con aquello que nos duele, es un desafío que no estamos dispuestos a enfrentar.

Están quienes trabajan todo el tiempo o más de la cuenta para no encontrarse con aquello que les duele, los que se enferman, quienes repiten conductas tóxicas, los que se encierran.

Cada uno hace lo que puede, como puede y cuando puede. Lo cierto es que, así como el cuerpo duele y tratamos de manejarlo con los recursos que tenemos a mano -analgésicos, nuestro propio saber médico, el Dr. Google-, hay momentos en que tenemos que tomar la decisión de pedir un turno con un especialista.

Nadie duda de la existencia de la medicina y nadie dice “yo no creo en los médicos”. Con el dolor psíquico ocurre lo mismo. Hay problemas, hay malestares, hay conflictos que podemos manejar hasta cierto punto y a partir de allí debemos tomar una decisión.

¿Cuáles son las señales?

La gente acude a un consultorio psicológico porque algo de lo psíquico duele, hace ruido, está desacomodado.

Hay tres ejes que son fundamentales en el intento de buscar algo parecido a la felicidad: el manejo saludable de las emociones, el poder convivir de la forma más armoniosa con los conflictos y enfrentarlos en el intento de buscar un equilibrio entre las distintas áreas de nuestra vida.

Hay cosas que dependen de nosotros, hay otras que nos son ajenas, pero un porcentaje altísimo del sufrimiento humano tiene que ver con lo que en nuestra imaginación ponemos más allá de lo que efectivamente sucede en el afuera

 

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