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29 de mayo de 2016

El tero y el glifosato by Augusto Piazza

Un par de años atrás, en uno de los Congresos de la Asociación Toxicológica Argentina realizados en Nuestra Patagonia (al menos lo que queda sin ser del mismo propietario), un investigador argentino exponiendo sobre su investigación sobre glifosato recibió varias refutaciones de los profesionales presentes, reconoció públicamente que existen sustancias químicas más tóxicas que el glifosato, pero dijo públicamente que eligió dicho producto, por ser como el tero...

Explicación confusa que luego aclaró diciendo que “todos prestan atención cuando el tero grita”, en otras palabras, “hablar del glifosato” lo coloca en el candelero.

Las expectativas de su charla, anunciada como magistral, cayeron por el suelo como su credibilidad pero su honestidad llamó poderosamente la atención. Claro está con el tiempo este investigador siguió imitando al tero, honestidad cero, hasta llegar a la gran pantalla como asesor de unos de los candidatos a presidente, quien continua como diputado.

A partir de las retenciones, un grupo de desconocidos en el ambiente salió a la palestra con golpes bajos, fotos y estadísticas personales, casi nulo rigor científico versus investigadores con todas las letras pero sin difusión.

Días atrás, llama poderosamente la atención las posiciones encontradas de uno de los organismos internacionales sobre la probabilidad de su efecto cancerígeno, en contra de otros organismos que forman parte, también, de la Organización Mundial de la Salud. Claramente tienen diferentes criterios para analizar los mismos trabajos.

Criterio, o sentido común, ése es uno de los temas de conversación con los alumnos, la capacidad de observación, el análisis crítico y sin posición tomada. Hace 30 años que se usa el glifosato en Argentina, hace un poco menos que tenemos empresas que formulan glifosato y unas pocas sintetizan, unas doscientas marcas comerciales. Entonces, ¿dónde están los cientos de muertos, los aumentos del 300% en casos de cáncer, las malformaciones y cientos relatos más? Si fuera así, hoy después de 30 años, no tendríamos gente en el campo. Existiría una emergencia nacional con respecto a los trabajadores y usuarios de glifosato, además de grandes importaciones de alimentos dado que los campos están abandonados porque los que no se murieron, son enfermos terminales en los hospitales.

Irónicamente, mi abuelo diría “los muertos que vos matás, gozan de buena salud”. Nadie niega la toxicidad de toda sustancia química; tampoco desconocemos la relación dosis-exposición, ni somos tan necios de pensar que todo el mundo hace bien las cosas, pero llegar a asustar y crear enfrentamientos entre vecinos eso es grave. Prometer juicios millonarios a una sola compañía, firmar documentos donde un abogado certifica que su enfermedad es producida por que vive cerca del campo deja ser cómico para convertirse en trágico, trágico porque el supuestamente afectado pero enfermo realmente sigue esperando esa fortuna sin recurrir a la ayuda médica que necesita.

Doña Rosa, la escribana, el oculista, el biólogo, el profesor de matemática, el director de cine conocen más que los especialistas médicos toxicólogos y médicos oncólogos, incluso más que los profesionales en ciencias ambientales.

A vuelo de pájaro, irónicamente, si todas las enfermedades graves surgen solamente en la proximidad a la zona de trabajo agropecuario, que suerte vivir en la ciudad totalmente alejados de los campos de soja y sin ninguna enfermedad, tal vez ni necesitemos hospitales o centros de salud.

Si el tiempo y el espacio lo permiten, profundizando los temas se podrá entender qué función positiva para la comunidad tiene el grito del tero y qué intereses mueven a quienes lo imitan.

Ing. Agr. Augusto Piazza MBA

Investigador. Docente universitario.

Miembro de la Asociación Argentina de Toxicología

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