13 de agosto de 2019

Asunción de la virgen. By Horacio Robirosa

El misterio de la Asunción de María es grande, dijo el Papa Francisco, y “se refiere a cada uno de nosotros, concierne nuestro futuro”. “María, de hecho, nos precede en el camino en la cual están encaminados aquellos que, mediante el Bautismo, han ligado su vida a Jesús, como María ligó a Él su propia vida”.

María, “ha sido la primera en creer en el Hijo de Dios, y es la primera de nosotros en ser elevada al cielo en alma y cuerpo”. “Fue la primera en recibir y tomar en brazos a Jesús cuando era todavía niño y es la primera en ser recibida en sus brazos para ser introducida en el Reino eterno del Padre”.

El Santo Padre destacó que “María, la humilde y simple muchacha de un pueblo perdido de las periferias del imperio romano, justamente porque ha recibido y vivido el Evangelio, es admitida por Dios a estar para la eternidad junto al Hijo”. “Es así que el Señor derriba a los poderosos de su trono y eleva a los humildes”.

Señala que el regocijo de María, expresado en el canto del Magníficat, “se convierte en el canto de la humanidad entera, que se complace en ver al Señor inclinarse sobre todos los hombres y todas las mujeres, humildes creaturas, y llevarlos con Él al cielo”.

“El cántico de María nos lleva también a pensar en tantas situaciones dolorosas actuales, en particular a aquellas, de las mujeres oprimidas por el peso de la vida y del drama de la violencia, de las mujeres esclavas de la prepotencia de los poderosos, de las niñas obligadas a trabajos deshumanos, de las mujeres obligadas a rendirse en el cuerpo y en el espíritu a la concupiscencia de los hombres”.

Francisco expresó su deseo de que para estas mujeres pueda llegar pronto “el inicio de una vida de paz, de justicia, de amor, en espera del día en el cual finalmente se sentirán tomadas por manos que no las humillan, sino con ternura las levantan y las conducen en el camino de la vida, hasta el cielo”.

Sintámonos todos, con esperanza y alegría, ser tomados por esas tiernas manos que nos conducen hasta la presencia de Jesús y María, que ya nos precedió.

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