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20 de noviembre de 2017

Las seis mentiras sobre el colesterol que le han contado

El campo de la nutrición está lleno de mitos peligrosos para la salud.
Por ejemplo, llevan años y años diciéndonos que las grasas saturadas y el colesterol son veneno cuando, en realidad, no existen pruebas de que sean tan malos para la salud como pretenden hacernos creer.
Estos son los seis mayores mitos, mentiras y prejuicios sobre las grasas saturadas y el colesterol.

Mentira nº 1: Una dieta pobre en grasas (lípidos) y rica en cereales es ideal para el ser humano

En los años 60 y 70, científicos de alto nivel creyeron haber identificado a las grandes culpables de las enfermedades del corazón: las grasas saturadas, que aumentan el nivel del colesterol “malo” en la sangre. Esta idea fue la piedra angular de una dieta pobre en lípidos (es decir, en grasas) y rica en cereales. 

Por culpa de malos estudios científicos y decisiones políticas desafortunadas, en 1977 se recomendó esta dieta a los norteamericanos y posteriormente todos los países occidentales siguieron el ejemplo de Estados Unidos. Todos los ciudadanos de los países industrializados, enfermos o no, se convencieron de que tenían que aumentar su consumo de cereales integrales y disminuir el de grasas, sobre todo grasas animales (mantequilla, nata, huevos, manteca de cerdo, carne grasa…). (1) 

Fue el mayor experimento a gran escala jamás realizado sobre alimentación, tuvo unos resultados, cómo decirlo… absolutamente desastrosos. Y lo peor es que no han dejado de empeorar. Los niveles de obesidad, diabetes y enfermedades del corazón baten cada año un nuevo récord. 

Esta pandemia comenzó prácticamente desde el mismo momento en el que las autoridades sanitarias de todos los países empezaron a recomendar a la población que disminuyese el consumo de lípidos y aumentase el de cereales integrales. 

No todo era mentira en estas recomendaciones. De hecho, es mejor consumir cereales integrales que cereales refinados (harina blanca), de igual modo que son perjudiciales para la salud los fritos y las grasas vegetales cocinadas a altas temperaturas, ya que éstas desnaturalizan su estructura química, volviéndolas tóxicas. 

Sin embargo, la forma de poner en práctica estas recomendaciones a gran escala fue un auténtico desastre. La gente empezó a sustituir los productos sanos y ricos en grasas buenas (huevos, pescado graso, vísceras, mantequilla, carne de animales criados a la manera tradicional…) por productos light, azucarados y alimentos industriales transformados. 

Muchas personas creían estar comiendo de manera saludable, dado que no incluían grasas, pero precisamente no tomarlas les hacía estar siempre hambrientos, lo cual implicó que aumentase de manera considerable el picar entre horas. 

Los supermercados y estaciones de servicio se transformaron en centros de distribución masiva de golosinas, pasteles, galletas, chocolatinas, barritas de cereales de todo tipo, patatas fritas, galletas saladas y bebidas azucaradas que pasaron a ser habituales para una gran parte de la población, cuando no su única manera de alimentarse. 

Y en cualquier caso hubo que esperar hasta comienzos del siglo XXI para que la dieta pobre en lípidos y rica en cereales fuera sometida de verdad al estudio científico, mediante uno de los mayores ensayos controlados de la historia de la nutrición, el Women's Health Initiative, con un presupuesto de 625 millones de dólares. (2) 

En este estudio se dividió en dos grupos a 48.835 mujeres que estaban en la menopausia. El primer grupo tuvo que limitarse a una dieta pobre en lípidos (con cereales integrales, etc.), mientras que el otro pudo seguir comiendo como siempre. 

Al cabo de ocho años, las mujeres que habían seguido la dieta pobre en lípidos sólo pesaban de media 400 gramos menos que las demás, por lo que la reducción de peso fue mínima. Además, no se observó que hubiese disminuido en ellas el riesgo de enfermedad cardiovascular ni el de cáncer. (3) (4) (5) (6) 

Otros estudios de gran magnitud confirmaron que seguir una dieta pobre en lípidos no suponía ninguna ventaja para la salud. (7) 

Y eso no es todo. Según los estudios científicos, la dieta recomendada por la mayoría de autoridades sanitarias no sólo es inútil, sino que incluso sería perjudicial para la salud. De hecho, en numerosos estudios realizados aumentaron los factores de riesgo cardiovascular y el nivel de triglicéridos, unas grasas cuya función patológica en la génesis de enfermedades del corazón es reconocida unánimemente. (8) 

Pero, a pesar de estos penosos resultados, la mayoría de los nutricionistas de todo el mundo siguen recomendando a sus pacientes una dieta pobre en lípidos que les perjudica más de lo que les ayuda.

Mentira nº 2: Los alimentos ricos en colesterol (como los huevos) son malos

Los profesionales de la nutrición han tenido un gran éxito en su demonización de alimentos perfectamente saludables. El peor ejemplo es probablemente el de los huevos, que sin embargo se encuentran entre los mejores alimentos que puede haber. 

Piénselo un momento: los nutrientes presentes en un huevo son suficientes por sí solos para transformar una sola célula fecundada en un pollito, con sus huesos, ojos, plumas, pico, sangre y ¡un corazón que late! Y no se trata de un pollito obeso y con problemas cardíacos y las arterias obstruidas, sino que está perfectamente sano y lleno de energía. 

Sin embargo, como la yema de huevo contiene mucho colesterol, se pensó que provocaba enfermedades cardiovasculares. Pero los estudios demuestran en realidad que el colesterol alimentario no hace que el nivel total de colesterol en la sangre aumente, y el consumo de huevos jamás se ha asociado con un mayor riesgo de enfermedad del corazón. (9) (10) (11) (12) (13) 

Al revés, los huevos están llenos de vitaminas, minerales, proteínas buenas, antioxidantes y nutrientes importantes para el cerebro (colina) y los ojos. Los mejores nutrientes se encuentran en la yema, pero la clara también es excelente: es la fuente de proteínas más completa que existe. (14) (15) (16) 

Contar a la gente que debe evitar la yema de huevo es una de las fábulas más ridículas de la historia de la nutrición.

Mentira nº 3: Siempre viene bien disminuir el nivel de colesterol

El mayor error de la medicina moderna ha sido, probablemente, centrarse en el “colesterol total” y en una de sus fracciones, la conocida como LDL o “colesterol malo” (LDL, del inglés Low Density Lipoproteins, se refiere al colesterol vehiculado en proteínas de baja densidad), como indicadores del riesgo de infarto. 

Lo cierto es que la asociación entre niveles altos de colesterol y enfermedades coronarias presenta muchos aspectos contradictorios y a veces poco concluyentes. 

Los grandes estudios epidemiológicos de Framinghan, Seven Country Study y MRFIT así lo han confirmado una y otra vez. 

Todos los estudios a favor de los medicamentos anticolesterol (Estudio 4S, Seven Country Study y el del CTSU de Oxford) se publicaron antes de 2004 o, dicho de otra manera, antes del escándalo de Vioxx (el antiinflamatorio que debió retirarse a toda prisa del mercado tras causar en todo el mundo unas 30.000 muertes y problemas cardíacos). Unos análisis independientes demostraron que sus resultados habían sido falsificados. 

Desde entonces, la industria farmacéutica y la investigación médica están mucho más vigiladas, y ningún estudio ha logrado demostrar la eficacia de los medicamentos contra el colesterol para reducir la mortalidad. 

Pero hay tantos intereses financieros en torno a estos medicamentos que las autoridades sanitarias permanecen calladas respecto a este tema. Y muchos médicos siguen recetando a sus pacientes medicamentos contra el colesterol ¡como si no pasara nada! 

Ahora bien, el colesterol es una molécula fundamental para la vida. Es el origen de un número incalculable de funciones biológicas. Es imprescindible para el buen funcionamiento de las células de los músculos, neuronas, corazón, cerebro y digestión. Sin ella no se produciría ninguna comunicación entre las células. Y es también responsable de las hormonas sexuales, del estrés, la reproducción y de la tan valiosa vitamina D. 

Alterar el metabolismo del colesterol con medicamentos es en realidad jugar a ser aprendiz de brujo, puesto que reducir el colesterol de forma artificial puede resultar peligroso. 

Lo vemos en los síndromes de déficit genéticos en donde sus niveles de 0,1 a 1,3 g/l se acompañan de muerte fetal, graves deformaciones en la cara y las extremidades y microcefalias que a menudo resultan mortales antes de los dos años de edad, así como -y sobre todo- problemas inmunitarios. Esta es una de las razones por la que las estatinas implican una serie de complicaciones, sobre todo musculares, neurológicas, psicológicas y sexuales, y están prohibidas en mujeres que pudieran estar embarazadas. 

De igual manera, no existe el colesterol bueno o malo; es un mito. Lo que se mide no es el colesterol, sino quién lo transporta: las lipoproteínas de baja densidad o LDL transportan el colesterol desde el hígado, en donde se fabrica, hasta los tejidos que lo necesitan, y las HDL (del inglés High Density Lipoproteins, lipoproteínas de alta intensidad, las consideradas “colesterol bueno”) transportan el colesterol después de que haya sido utilizado por los tejidos hasta el hígado, que es la central de fabricación y reciclaje del colesterol.

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