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26 de diciembre de 2016

“Desintoxicarse” de las redes sociales, una moda que poco a poco gana terreno

Ser usuario activo de redes sociales supone varias cosas. En principio, implica dedicarle tiempo a posteos y a mirar lo que suben los demás; esperar la reacción de los contactos frente a una publicación; medir el grado de aceptación “del grupo” según la cantidad de “me gusta” recibidos; comentar, responder o incluso, en algunos casos, defenderse.

Si bien para la mayoría de los millones de usuarios de FacebookTwitter o Instagram todo esto resulta gratificante, poco a poco se van abriendo paso los que se declaran hastiados y deciden cerrar sus cuentas definitivamente o, los menos determinantes, por el tiempo que consideren necesario para “desintoxicarse de las redes”.

Las agresiones verbales recibidas, el tiempo que les insume, sentirse “adicto/a”, más frustrados al compararse con otros contactos, estresados, con menos autocontrol y más solos, figuran entre los principales motivos que impulsan a “desconectarse”.

Queridos seguidores y no. Voy a ausentarme de Twitter por un tiempo. Los tiempos que corren son bravos y yo no tengo espalda para tanto”, había anunciado la periodista Úrsula Vargues, después de que un comentario desafortunado (“Ojalá no tarde en llegar el próximo 2001”) de su parte desatara la ira de miles de usuarios de la red del pajarito. También la China Suárez cerró por un tiempo su cuenta de Instagram debido a las agresiones que recibía. Sin bien al tiempo volvió a activar su cuenta, bloqueó la opción que permite dejar comentarios.

En la esfera internacional, Justin Bieber fue uno de los que se bajó durante un tiempo de Instagram. El motivo: las críticas de sus fans a su nueva novia, Sofía Richie.

Los mensajes agresivos figuran entre los principales motivos que incitan a cerrar cuentas en redes sociales. Los comentarios de los usuarios pueden ser muy hirientes. “El anonimato es como un disfraz. Amparados en esto, muchos se animan a insultar sin ningún filtro. El que agrede no se siente responsable de lo que dice”, dice la licenciada Diana de Litvinoff, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora del libro “El sujeto escondido en la realidad virtual” (segunda edición).

La especialista plantea que si bien lanzar comentarios despiadados amparados en el anonimato no es exclusivo de las redes sociales (puede darse a través de un llamado, una carta o, incluso, un disfraz) las redes sociales tienen la particularidad de la facilidad que supone acceder y la inmediatez: no hace falta desplazarse, ni aguantar unos minutos antes de soltar la ira. Todo transcurre en cuestión de segundos, y muchos aprovechan para hacer catarsis de las frustraciones personales mediante el insulto a otros.

El hecho de que no exista un “cara a cara” que exija miradas, gestos, tonos de voz, también favorece que las críticas sean lanzadas de forma brutal. Algunas personas con dificultades de expresión (acaso timidez sumada a una agresividad pasiva) aprovechan estas plataformas para soltar sus emociones contenidas.

El problema de la humillación pública o linchamiento virtual no es exclusividad de los famosos: cualquiera puede ser víctima de los “justicieros” o agresores cibernéticos.

“El anonimato es como un disfraz. Amparados en esto, muchos se animan a insultar sin ningún filtro. El que agrede no se siente responsable de lo que dice”

Pero las agresiones no son el único problema que suponen: “Las redes absorben mucho tiempo y mucha energía. Hay personas que están muy pendientes y en determinado momento se dan cuenta de las horas que les insumen y deciden bajarse”, afirma Litvinoff.

“¡Me pudrí! Lo pensé toda la noche… Es un trabajo, es una locura. No estoy para eso. Me borré también de Instagram. Es insoportable el tiempo que, sin querer, le dedicás. ¡Y es tan ridículo!”, anunció Mario Pergolini antes de dar de baja su cuenta de Twitter.

Hace cuatro años, Havas Media, una de las agencias líderes en comunicación, realizó una encuesta en Francia y reveló que casi el 20% de la población del país galo decidió darle la espalda a las redes sociales porque sentían que “se estaban perdiendo la vida de verdad”.

LA AUTOVALORACION A MERCED DE LA COMPARACION

“También está el tema de la auto valoración. Muchos viven pendientes de los ‘me gusta’ para reafirmarse y comparar los “éxitos” que pueden mostrar con el de los demás y eso les insume mucha energía”, dice Litvinoff.

En el afán de sentirse aceptados y reconocidos se comparte los momentos más agradables de la vida. “Pese al proclamado ‘fin de la intimidad’, la demanda de privacidad subsiste. El empuje a la exhibición compartida y masiva crea nuevos territorios aprovechando los recursos de las pantallas, en los que se comparte pero también se refugia y esconde la intimidad”, dice la especialista en su libro, y sigue: “Quién curiosea en los muros cree estar frente a la vida misma, cuando suele no tratarse más que de una ficción, una máscara, una banalidad. No se muestra todo cuando ‘todo está a la vista’, es una ilusión”.

En este sentido puede entenderse que muchos cierren sus cuentas en pos de la “calidad de vida y de la salud mental”.

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